DEL CAMINO CREATIVO A VOLVER A HUMANIZARNOS

Pese a tantas y tantas desgracias como hemos heredado es preciso reconocer que se nos ha legado una libertad espiritual suma. A nosotros corresponde utilizarla sabiamente, reducir la imaginación a la esclavitud en virtud de aquello que con grosero criterio se denomina felicidad, es despojar a cuanto uno encuentra en los más hondo de si mismo del derecho a la justicia, a permitirse llegar a saber de si y de cuanto rodea eso que puede llegar a ser…. 
Andre Bretón “Primer Manifiesto Surrealista”

Este documento ha surgido para nosotros a través de una discusión que nos planteaba el texto anterior a cerca del miedo,  y  ha aparecido como consecuencia de esa reacción un poco de ceja fruncida  a quedarnos solo en contextos críticos, y la necesidad de revitalizarnos en una discusión que más allá de crítica sea propositiva.
La respuesta a nuestra discusión sobre las formas en que como humanidad se ha enfrentado el miedo la hemos visto como un impulso que por siglos ha dado origen a diversas formas de resistencia y creatividad, a encuentros y desencuentros de propuestas que al margen del régimen establecido de mercado, control y rentabilidad han intentado proponernos saltos humanos fuera del cruce de realización constante y de un deseo que surge como mercancía.
Allí donde se asocia nuestra imaginación y el legado social recibido ( técnico, espiritual, estético, mítico ) a las opciones que vemos o no de reconfigurarlo, proponerlo, recrearlo, es desde donde  pretendemos ahora retomar no solo una reflexión propia sino proponer a otros alimentarla, es decir, que este sea un punto de partida a generar conexión desde diferentes ángulos creativos.
CREATIVIDAD O MUERTE
La posibilidad de llenar el vacío constante que produce la alienación y reconfigurarlo como lugar de creación constante, es la mejor forma de resistencia, es la búsqueda de propuestas a la sociedad instaurada, al deseo estándar y el menú de vida que se escoge y  suple desde el orden mercantil.
Nos preguntábamos que ocurriría si miramos atrás un poco en el tiempo desde mediados del siglo XIX  donde la incipiente industrialización llevaba en su motor el camino de la liberalización del mundo occidental, las bellas artes obedecían  a los gustos estéticos de la alta sociedad europea o a ser espejos del desastre humano que engendraba el paraíso liberal un siglo después de la revolución francesa, mientras la ciencia tomaba asiento en primera clase.  Las condiciones humanas de los personajes hacinados en ciudades sin infraestructura e inundadas de hambre se hacía notar en el arte popular, en la literatura realista y naturalista, en los paisajes grotescos de gentes oscuras y desdentadas que morían en las esquinas mugrientas de las grandes urbes, así en plena instauración  de un nuevo sistema socio-económico vemos como las artes toman un camino retratando su entorno, e interviniéndolo, en contra de un sistema tradicional clásico que no satisface las necesidades de su época los artistas proponen miradas y actos  revolucionarios dentro del momento, rompiendo con los cánones clásicos, estallando en una multiplicación de nuevas formas, cambiando perspectivas en arquitectura, estallido de color, de conceptos estéticos, de miradas sobre su entorno y aprehensión de la realidad.
Desde  el final de la segunda guerra mundial 1945 vimos como las artes, el pensamiento,  intelectuales, y pensadores, se encerraron sobre si y generaron una visión nuevamente desgarrada del mundo, pero no por eso menos propositiva, donde se planteaban como propuesta la impaciencia, donde se oponían al mundo de la miseria de su humanidad en tanto sus valores los desvinculaban de su verdadera naturaleza y estremecidos durante 15 años mas de guerras y juegos de dominio territorial dieron origen a un movimiento vital sin precedentes en todos los ángulos creativos que recorrió gran parte del mundo hasta finales de la década de los 70, y que quizás como en ningún otro momento diseño las herramientas desde las cuales los modos de producción aprendieron que en el orden del control el primero en encerrarse dentro del sistema de circulación mercantil debía ser el sujeto de motor revolucionario, así el artista, el creativo se dibuja como  una herramienta-producto de consumo mutando  de esta forma su capacidad productiva en tanto su deber ser  esté enlazado a un sistema académico, o a un prestigio rol en donde su producción pueda ser objeto de promoción de un producto, de una idea, de un modelo de cuerpo o pieza valioso decorativa para un coleccionista millonario…
Los objetos que eran voces generadoras de reflexión, que provocaban la mirada interna que proponían constantemente el mundo,  acallados dentro de los escaparates decorativos, o los prestigiosos museos reaparecen constantemente inundados de formas pero desterritorializados como obra transformadora, como giro del ser humano como productor de  conocimiento en tanto propulsor de movilidad social, allí los espacios creativos carecen de peso, vaciados de su contenido humano, eliminados poco a poco en una lógica de privatización mental.
Edward Munch  antes de comenzar la segunda década del siglo XX expresa en su obra el grito el horror de un periodo que encierra todas las atrocidades que trae el cambio sociológico, el horror de lo que viene y de lo que ha quedado atrás, es esa la marca sin sustituir aun que el motor del capitalismo ha dejado a su paso.
De la revolución industrial,  a la última  liberación y ampliación de los mercados y el control del cuerpo y de los códigos del deseo, de la construcción aparente de modelos ya predeterminados y determinados, se nos ha caído encima un  mundo que se hace cada vez mas territorio árido para la sobrevivencia de la imaginación.
Un entorno cotidiano que a nuestro alrededor  ha  hecho de  las practicas económicas y productivas una cosmogonía  y donde aparentemente  eliminados los espacios de convergencia creativa o de capacidad colectiva para imaginar y proponer otro universo fuera de este,  parece un “otro” mundo difícil siquiera de rozar con la punta de los dedos.  Pero es desde donde son miles las formas de banalización de los territorios donde gestar estos focos de modelos de cuerpo, deseo e imaginación distintos es tarea diaria,  y donde vaciando el sentido profundo de sus prácticas se nos ha legado incluso un lugar privilegiado dentro del mercado de la rebeldía y la industria decorativa, nosotros seguimos viendo las fracturas, las grietas desde donde crecen la raíces de los imagineros, de los no-resignados, de los cómplices, de algunos radicales que aun actúan libres.  Desde aquí seguimos y pretendemos un camino humanizado, en tanto es nuestra practica creativa fundamental, en tanto nos recuerda que recreamos la planta al sembrarla para darnos de comer, en tanto recreamos la cueva y el universo dando origen a nuestras casas y territorios, en tanto dibujamos y recreamos nuestro deseo dando origen a nuestro erotismo.
El romper la barrera que nos separa de lo que producimos, de lo que amamos, de lo que percibimos y sublimamos mas allá del mundo estandarizado, es un viaje de memoria que asienta nuestras raíces como creadores, que nos devuelve el encuentro y la propuesta en colectivo, que nos recuerda el poder mágico de confrontar lo acabado y lo establecido, la capacidad permanente de entender el mundo como no es y  de soñar otros universos posibles.
Juan Manuel Álvarez Romero© 2011 – Escritor r
Vanessa Torres Mayorga© 2011 – Antropóloga y escritora
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